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Field Notes

Fauna · Chingaza

Tras las huellas del oso de anteojos en Chingaza

Cuatro amigos, un Land Cruiser y el único oso de Sudamérica. No lo vieron. Volvieron convencidos de que eso también cuenta.

2 min de lectura El equipo de Karakoles

Land Cruiser en la trocha hacia Chingaza, con el campamento montado
La trocha que sube a Chingaza. Desde el final del camino, todo es a pie.

Un fin de semana, cuatro amigos se subieron a una camioneta de Karakoles con una misión simple pero poderosa: buscar al oso de anteojos en su propio hogar, allá arriba entre la niebla, los frailejones y el silencio, en Chingaza. No había promesa de verlo —la fauna salvaje nunca viene con garantías—, pero sí había una certeza: cada kilómetro recorrido y cada paso en el páramo era una forma de decir «este lugar y este oso nos importan».

Caminaron con los ojos abiertos, leyendo el paisaje: un frailejón con marcas, un árbol usado como comedero, una huella casi borrada por la lluvia.

A veces, compartir territorio con el oso no significa verlo; significa saber que está ahí, que sigue vivo, moviéndose por las mismas montañas que también nos dan el agua.

Land Cruiser en la trocha hacia Chingaza, con el campamento montado
La trocha hacia Chingaza. Desde aquí se sigue a pie.

Nuestro único oso, muchas razones para sentirnos orgullosos

Colombia tiene una sola especie de oso: el oso de anteojos, el oso andino. Es el único oso de toda Sudamérica y vive en bosques de niebla y páramos, recorriendo los Andes como un verdadero guardián de montaña. No es un depredador feroz como los osos de otras regiones; se alimenta principalmente de frutas, hojas y bromelias, y al hacerlo dispersa semillas y ayuda a que el bosque se regenere — por eso muchos lo llaman el jardinero de los Andes.

También es una especie sombrilla: al protegerlo, estamos protegiendo miles de hectáreas de páramo y bosque altoandino, junto con las fuentes de agua que abastecen ciudades como Bogotá. Por eso nos sentimos tan orgullosos de nuestro único oso: porque cuando Colombia lo cuida, también estamos cuidando nuestras montañas, nuestros ríos y nuestro futuro.

Con Karakoles no salimos a «cazar» animales; salimos a aprender a leer el paisaje: huellas en el barro, plantas que han sido comidas, árboles con marcas. Más que ver al oso, se trata de entender su hogar y respetar su espacio.

Gracias a Sebastián di Domenico y Antonio Galvis por ser parte de esta aventura y ayudarnos a contarla.

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¿Y si el próximo lo escribes tú?

Este viaje lo hicimos nosotros. El tuyo lo armas tú: te entregamos el 4x4 con la carpa montada y te contamos lo que sabemos de Chingaza.

Salimos en un Land Cruiser 76, dos plazas.

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