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Field Notes

Fauna · Casanare

Viajar por tierra en Colombia: cuando el camino también es el destino

Ocho pares de ojos en la orilla de una laguna del Casanare, el glaciar del Cocuy al fondo de la sabana y delfines rosados en el río Meta. Crónica de una travesía que solo existe si se hace por tierra.

5 min de lectura El equipo de Karakoles

Cachirre en la orilla de una laguna del Casanare
Cachirres al atardecer, a tres metros del campamento. Llanos del Casanare.

Hay un momento preciso en el que uno entiende, sin necesidad de palabras, por qué Colombia es un país que se debe recorrer despacio y por tierra. Nos ocurrió al caer la tarde, junto a una laguna en los Llanos del Casanare, cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de la otra orilla y el cielo se tornaba naranja, violeta y rojo. El silencio solo era interrumpido por el zumbido lejano de los insectos y el chapoteo ocasional del agua. A apenas tres metros de nosotros, ocho pares de ojos nos observaban con la misma curiosidad con la que los mirábamos nosotros: eran cachirres, o babillas —como se conoce a los caimanes llaneros—, recostados tranquilamente en la orilla, compartiendo ese bebedero natural con decenas de especies que, en época de verano, dependen de estos espejos de agua para sobrevivir.

En ese instante pensé en lo afortunados que somos de vivir en un país así. Un país que no se revela desde la ventana de un avión, sino desde la carretera, desde el polvo, el frío del páramo y el calor vibrante de la sabana. Veníamos de Bogotá, siguiendo una ruta que nos llevó a cruzar el Páramo de Pisba, uno de esos lugares donde el tiempo parece detenerse y la neblina obliga a bajar el ritmo. Allí, entre frailejones silenciosos y montañas cubiertas de musgo, nace gran parte del agua dulce que sostiene la vida en Colombia. Se estima que estos ecosistemas de alta montaña producen cerca del 70 % del agua que consumimos, un dato que adquiere un significado profundo cuando uno los atraviesa y los ve de cerca.

Cuatro Land Cruiser acampados en el valle, vistos desde el aire
El campamento se arma donde termina el camino. Páramo de Pisba, antes de bajar al Casanare.

Desde Hato Corozal, ya en el norte del Casanare, la vista se abre de forma casi abrupta. Frente a nosotros, imponente, se alzaba el glaciar del Cocuy, el más grande de Colombia. Desde esa distancia, parecía una muralla blanca custodiando el origen de innumerables ríos que serpentean por la llanura infinita. Ver ese contraste —la nieve perpetua al fondo y la sabana cálida extendiéndose hasta donde alcanza la vista— es una lección geográfica y emocional al mismo tiempo. Colombia no es un solo paisaje: es la suma de todos, conectados por caminos que cuentan historias.

No se trata de llegar rápido, sino de estar. De entender que el viaje es una forma de aprendizaje y de respeto.

Adentrarse en el corazón del Casanare durante el verano es asistir a un espectáculo natural pocas veces visto. La vida se concentra alrededor del agua. Venados, chigüiros, aves de todos los tamaños y colores llegan a los bebederos, mientras los grandes felinos —pumas y jaguares— merodean con sigilo, invisibles pero presentes. Viajar por tierra permite detenerse, observar, escuchar.

Al día siguiente continuamos hacia Orocué, un pueblo marcado para siempre por la literatura. Allí, José Eustasio Rivera situó buena parte de La vorágine, la novela inmortal que retrata la dureza y la belleza indómita de estas tierras. Caminar por sus calles, ver el río y recordar sus palabras es comprender que la relación entre Colombia y sus territorios ha sido siempre intensa, a veces dolorosa, pero profundamente auténtica. Decidimos salir nuevamente al atardecer. Fue entonces cuando el río Meta nos regaló otra escena inolvidable: delfines rosados de la Orinoquía jugando cerca de la orilla, mientras bandadas de aves migratorias se reunían para pasar la noche. El cielo se reflejaba en el agua y todo parecía moverse al mismo ritmo pausado del río.

Llanero arreando ganado en los Llanos
El llano no está vacío: está habitado por gente que lleva generaciones leyéndolo.

Para continuar el camino, fue necesario cruzar el Meta en un ferry. No es más que un gran planchón impulsado por dos motores fuera de borda, suficiente para transportar personas, carga y sueños de una orilla a la otra. Ese cruce, lento y sin prisa, resume lo que significa viajar por tierra en Colombia: aceptar los tiempos del camino, confiar en la infraestructura sencilla pero funcional, y dejarse sorprender.

Ya en el sur del departamento del Meta, el paisaje vuelve a transformarse. La Orinoquía y la Amazonía se encuentran en una explosión de verde, humedad y vida. La serranía de La Macarena aparece como un oasis montañoso en medio de la llanura. Allí se encuentra uno de los recorridos fluviales más impresionantes del país: el cañón del río Guape. Navegarlo es avanzar entre paredes de roca que asemejan olas cubiertas de vegetación exuberante, con el agua clara fluyendo entre rápidos suaves y pozos profundos, interrumpido por el graznido de los guácharos que allí habitan. No es un lugar que se visite por casualidad; es un destino que se alcanza gracias a la decisión de recorrer Colombia desde el suelo que se pisa.

Viajar por tierra en Colombia es más que un desplazamiento: es una forma de reconciliarse con el territorio, de entender su diversidad y de romper prejuicios. Es descubrir que la seguridad también se construye con conocimiento, respeto y presencia. Que hay caminos difíciles, sí, pero también hay recompensas inmensas para quienes se atreven a recorrerlos. En un país tan complejo y fascinante como el nuestro, el verdadero lujo no es la velocidad, sino la libertad de detenerse, mirar alrededor y decir, con certeza, que el viaje ha valido la pena.

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Salimos en un Land Cruiser 78, cuatro plazas.

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